Agarramos las mochilas, desayunamos (lo mismo de siempre, pan, mermelada, mantequilla, mate a escoger y poco más) y nos marchamos con Alí, nuestro guía en los próximos 3 días de treking, y Baltasar, el conductor del vehículo.
Alí, es un chico de 25 años que acabó la carrera apenas hace un año. Muy majo y simpático.
Teníamos 4 horas hasta Chivay y 2 horas más hasta Cabanaconde.
De camino a Chivay Alí nos iba explicando cosas sobre lo que íbamos viendo, las regiones, los pueblos, las alturas, los nombres y significados de cada uno de los volcanes, sus leyendas, sus creencias, en fin… apuntes de historia, cultura y geografía del lugar. Hicimos una parada técnica para tomar algo calentito (mate de coca en hoja), comprar plátanos, hojas de coca (para el sorore o mal de altura) y maní confitado (el cacahuete acá se le dice maní), e ir al lavabo.
Seguimos nuestro camino y sin apenas enterarnos, de camino a Chivay, alcanzamos la altura máxima de nuestro viaje: 5.100 m.
Alí no nos lo dijo hasta haber pasado para evitar sugestionarnos.
La verdad es que a pesar de que no nos afectó la altura es una buena forma de hacerlo. Muy bien. Creemos que es algo más psicológico que otra cosa.
De camino a Chivay pasamos por dentro del cráter del volcán Chocura, evidentemente excráter.
Entramos en la Reserva Natural de Salinas y aguas blancas (es un lugar de grandes salinas donde se extrae la sal). Vamos bajando hasta alcanzar los 4.910m.
Nos comenta Alí que el río Amazonas nace en la montaña Mismi, cuyo nombre significa montaña, nevado, y el cual también se encuentra en el eje central de los Andes.
Nos comentó el guía que la palabra Chivay en quechua significa "sitio donde se hace el amor" o "donde se aparean las aves" (Chiway). Romántico, ¿verdad?
El valle del Colca toma su nombre de una especie de refrigerador natural que hacían los Indios en formas redondeadas para guardar y mantener los alimentos para su consumo propio y para el trueque cuyo nombre original era K’ollpas. A raíz de ponerle el nombre al valle, el río que lo atraviesa también toma ese mismo nombre y no a la inversa, como podía parecer.
Antes llamado “Río Grande” o “Hatun Mayu” nombre en quechua del Amazonas.
Al llegar a Chivay tenemos que pagar su entrada. En un gran cartel podemos ver las tarifas:
• Turistas: 35 s/
• Nacionales: 17,5 s/
• Estudiantes nacionales: 3,5 s/
Chivay, nos explica Alí, es la capital de la provincia de Caylloma que pertenece al departamento de Arequipa y se dedica, principalmente, a la agricultura. Arequipa tiene 8 provincias y Perú, 24 departamentos (lo equivalente a las provincias en España).
Vemos el paisaje, las gentes del lugar con sus animales… son parajes tan bellos...
Pero lo más gracioso fue cuando camino a Cabanaconde, ya que en Chivay hoy no parábamos, nos encontramos de nuevo a los amigos zaragozanos que el bus donde viajaban les había hecho una parada para que hicieran fotos en un mirador. Así que, como el nuestro, era un tour privado, les dijimos de parar para saludarles y de paso hacernos 4 fotos. ¡Qué gracia! Se ve que tuvieron algún que otro percance con el transporte y estaban algo cansados. Bueno, son las cosa de viajar.
Nos despedimos hasta la próxima y retomamos nuestro camino por lugares preciosos.
Nuestro objetivo: Cabanaconde, región de los cabanas, en origen Cabanacunti que en la época colonial derivó al nombre actual.
Al llegar a Cabanaconde almorzamos (comimos). Eran apenas las 12.00h pero nos esperaba un largo recorrido andando, mochila a cuestas, de unas 4 horas.
Comimos sopa de maíz (sarapela), plato típico de la zona y de segundo pollo a la plancha con papas y arroz. De beber: limonada muy rebajada pero que entraba muy bien. Como postre tomamos mandarinas y plátanos.
Después de llamar a casa desde la cabina telefónica del pueblo, ya que nuestros móviles no tenían cobertura, y de hacer 4 fotos a la plaza de armas y a los chiquillos que recién salían del colegio, nos preparamos para iniciar nuestro camino. ¡Ufff la que nos esperaba, jajajaja!
Empezamos a caminar que serían las 14.00h. Prácticamente todo el trayecto, por no decir el 100%, fue cuesta abajo por lo que nuestras rodillas lo sufrieron mucho. Al principio de caminar noté la ansiedad típica del inicio, se me aceleraba el corazón y me sentía acalorada. Luego, a medida que avanzábamos el cuerpo se iba acostumbrando y lo que empezaba a notarse era la carga de la mochila, que a pesar de llevar, exclusivamente lo necesario, pesaba cosa mala.
Decidimos ir poco a poco, sin apurarnos y disfrutando del paisaje, que merecía muy mucho la pena.
Estuvimos andando como 3 horas 40 minutos y sobretodo los últimos 25 minutos fueron mortales de necesidad, ya que eran subidas empinadas ¡qué horror!. Supongo que el hecho de estar casi 4 horas caminando y de ser el primer día cuando tuve que subir el último tramo me bajó la tensión y me sentí algo mareada, por otra parte normal en mi.
Menos mal que el lugar a donde íbamos a pasar la noche bien valía todo el sufrimiento padecido, jajajaajaja…
Llegamos sobre las 17.40h, a punto de anochecer --> anochece a las 18.00h aproximadamente.
Para hacernos una idea del lugar, aún después de la paliza que nos dimos caminando y del cansancio que llevábamos encima, cuando llegamos a “Casa de Roy” que era el lugar donde nos alojaríamos esa noche, nos pareció el paraíso, un oasis en medio de tanta piedra, arena y polvo… sencillamente maravilloso.
Era una zona verde, con césped y varias terracitas (niveles en la tierra) donde dispersamente se ubicaban las cabañitas. Nuestra cabaña era chiquita pero muy acogedora, con una cama de matrimonio de 1,35 (qué manía con esa medida, jajajaja) y con "baño" privado ¡qué bien! Así que lo primero que hicimos fue darnos una ducha súper reparadora que nos dejó como nuevos. Nos pusimos crema en los pies, el pijamiqui con la chaquetita y bajamos a cenar (bajamos la montañita claro está). Como la electricidad no había llegado aún a San Juan de Chuccho, que es como se llama el pueblo donde estábamos, las cabañas y todo en general se alumbraban con velas ¡qué romántico!
Así que la cena fue a la luz de las velas y bajo un manto enorme de estrellas… sin palabras.
Estuvimos mirando cómo elaboraban la cena, la cocina era bien tradicional, con sus fogones a leña (se trataba de 2 agujeros hechos de barro donde abajo se ponía la leña que servía para cocinar los alimentos).
Cenamos una sopita de fideos con una especie de papa de color naranja y verde, dulzonas, que estaba muy rica y de segundo un salteado de zanahorias con papas y quesito fundido con… ¡como no! arroz.
Y de postres ¡arroz con leche! Acabado de hacer, pero en lugar de canela llevaba anís. También estaba rebueno.
Nos tomamos nuestro mate de coca y después de conversar un rato, sobre las 19.30h – 20.00h nos fuimos a dormir, porque aunque era esa hora parecían las 22.00h de la noche. Además al no haber electricidad todo gira alrededor del sol, es curioso, como antiguamente, claro.
Yo no tardé en dormirme y a pesar de despertarme en 2 o 3 ocasiones por la postura o bien por algún sueño raro que tuve, descansé bien.
Y a eso de las 6.30h del día 16 me desperté para continuar con la marcha.
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